Souvenires de Cartón. Y de yapa: Por qué partir en plenitud es aprender a irse incompletos.

construccion-con-tubos-de-papel-higienico
Souvenir: (sub/bajo – venire/venir). Idea de venir en ayuda de la memoria. Se trata de aquello que se adquiere en un sitio a modo de recuerdo, como un testimonio de que dicho lugar fue visitado.

Ando por Pinterest y no me puedo aguantar las ganas de compartir. Esta idea de hacer bloques con rollos de cartón definitivamente me inspiró. Pero no solo para copiar el juego, sino para compartir una mirada acerca de las transiciones y los supuestos caprichos a la hora de irse de algunos lugares favoritos de los niños pequeños.
 
Habitualmente guardo los rollos de papel higiénico, de papel de cocina y de cinta de embalar y los uso como “souvenir” cuando los nenes vienen a conocer La Casa Naranja. Resula que al terminar la hora de juego no se quieren ir a casa… o bueno, sí se quieren ir pero con el cochecito de madera, tres bebés y el barco pirata.
¡Logico, algo quieren llevarse! ¿Quién sabe cuándo volverán a este fantástico territorio de juego libre?
 
Esto también les pasa a muchas familias cuando van a casas de conocidos y familiares, especialmente las primeras veces: los chicos quieren llevarse algo puesto, por ejemplo el control remoto, un adorno de cerámica, una cacerola… en fin, ¡algo!, cualquier cosa que sirva para acompañarlos en la difícil situación de la partida. Un souvenir.
 
Los objetos característicos de un lugar representan de un modo simbólico las vivencias que los chicos tuvieron en ese espacio y son sumamente importantes porque reaseguran la pertenencia y ayudan a sintetizar internamente la experiencia.
 
Saber esto nos permite cambiar la forma de relacionarnos con sus emociones de frustración a la hora de la partida. Podemos dejar de pensar que son unos caprichosos cuando se tiran al suelo y gritan con todo el increíble vigor de sus pulmones porque “se acabó el tiempo”.
En realidad el viaje continúa, pero en otros espacios. El tema es que eso lo sabemos nosotros, ellos… no tanto.
Es la hora de irse a casa y quieren llevarse consigo a toda costa el acolchado de la cama de la abuela sobre el cual estuvieron acostados jugando… o las llaves de su casa… o sus anteojos. Nótese que no es “cualquier cosa”, sino algo que tiene un gran valor simbólico y por tanto llevárselo puesto asegura la permanencia del vínculo con el espacio y/o la persona a quien hay que dejar atrás. Porque para un peque de 2 años, irse significa dejar atrás y es importante saberlo. 
 
Es cierto, hay que irse a casa y en vez de colaborar y “ser razonables” (¿desde cuando se es razonable a los 27 meses de vida??) están tirados en el piso a los alaridos exigiendo el acolchado (o las llaves, o los lentes) ahora mismo.
 
Pero no es un capricho.
 
Es una necesidad de desarrollo de la edad: la de sentirse reasegurados, la de “conservar”, a través de un objeto, el afecto de la relación y la experiencia vivida.
Y es tremendamente frustrante para los nenes no ser entendidos en un punto tan importante como este. Entonces, ante la intensidad de emociones, el cuerpo busca liberar tensión: se tira al piso (lo que aquieta el ritmo cardíaco y la respiración y minimiza las posiblidades de golpes durante la rabieta), grita y patalea (lo que “drena” la sobrecarga emocional). ¡Una maravilla biológica autoequilibrándose a sí misma de la forma más segura posible!
Claro que no todos lo ven de esta manera y la situación es incómoda para los adultos. Pero el peque está haciendo lo que biológicamente es más indicado para la situación. Su organismo entero está buscando regularse y recuperar el equilibrio. Y es bien sabido que las peques de 2 años poco les importa cómo quedan parados sus padres ante la mirada crítica del entorno… El adulto a cargo, lógicamente, se siente incómodo. Y es importante que lo sepa y haga algo al respecto. Es importante que el adulto arregle su propia emoción primero, si quiere de verdad, de verdad, ayudar a la niña.
 
Muchas veces el grande no logra contener su propia frustración ante esta situación y ¡espera que la nena sí lo haga! (Lo digo con mucho amor, no con crítica. Pero es lo que nos pasa y es bueno saberlo para poder elegir mejor la próxima vez). Así, se entra en un forcejeo infructuoso con la pequeña “retovada”, intercambio que muchas veces queda salpicado de amenazas que, además de no ser ciertas, solo empeoran las cosas. Ya saben, del tipo: “Si te portás así no volvemos más”… ¡Ups, es justo lo que ella está temiendo con todo su corazón que suceda! … Así que mejor grita un poco más fuerte y da unas cuantas patadas más para ver si logra mejorar las cosas… Con los recursos que tiene, hace lo mejor que puede. Y es mucho.
Por eso, en vez de entrar en el tironeo emocional, es muchísimo mejor para todos que el adulto a cargo  valide el sentimiento de la niña y ofrezca una opción. Porque es lo que de verdad la pequeñita necesita. Pero además, porque es algo que sí puede hacer para ayudarla realmente.
 
Volviendo al caso de La Casa Naranja, por ejemplo, mientras la madre trata que su peque entre en razones y comprenda que no se puede llevar consigo la casa de playmobil, ni el tambor, ni el camión, le digo al niño: “Te puedo entender, te querés llevar un juguete, te preguntás cuándo vas a volver. El camión se tiene que quedar, pero tengo algo para darte”.
Entonces agarro un rollito de papel higiénico en crudo, sin ningún detalle prediseñado. Y si el chico quiere llevarse algo que rueda le paso un codel por dentro, le hago un nudo y queda como un juguete de arrastre. Nada que ver con los autitos de la foto: hago algo muy, muy simple.
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Si en cambio el bebé quiere llevarse un muñeco, le achato la parte superior al rollito y le armo una persona, un gato, un bhúo. A veces con un marcador le agrego un par de ojos o sugiero que si quieren, se lo pueden hacer juntos cuando lleguen casa. Los míos solo se parecen en que le achato la parte superior para que se formen las orejitas. Lo mantengo sencillo, porque el objeto no es lo importante, lo imporante es validar la emoción.
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¡Ah! Maravilla total.
 
No recuerdo ocasión en la que esta humilde ofrenda de amor no haya sido aceptada con máxima buena predisposición por parte del pequeño que hasta hacía un segundo atrás estaba desesperado por la partida.
Y sí, además para de llorar en el acto.
Pero no es mi objetivo que no llore.
Mi objetivo es validar su sentir, que sepa que aun en la agitada tormenta de sus emociones generadas por la partida puede sentirse seguro amarrado a mi puerto.
Porque partir es soltar con coraje y poder así preparase para un nuevo arribo. No es para subestimar y definitivamente no es un capricho (ya lo dije, ya sé, pero quiero insistir en el punto). Además este importante aprendizaje se sintetiza y puede ser aprovechado en por el brillante cerebro humano en cientos de futuras ocasiones muy diversas. Por ejemplo, en la capacidad de “soltar” necesaria para el control de esfínteres, o despedirse temporariamente de la mamá cuando sale de casa; o también en la capacidad de adaptación al jardín o  en la habilidad social de dar y tomar en equilibrio con los pares, o en la capacidad para entrar con mayor confianza en los cambios que trae la adolescencia… La lista continúa más y más.
 
La vida es un constante movimiento de equilibrio entre el dar y el recibir. Entre soltar y tomar.
Cada transición, cada partida es una oportunidad para permitir que el flujo del tiempo discurra en su perfecto ritmo. ¿Por qué no cultivar este arte desde el mismísimo comienzo?
 
En mi vuelo de la infancia
no puedo
llevarme las flores, las casas,
los seres queridos.
.
Se desvanecen los pétalos
no puedo
traerme el campo, el juego
el día contigo.
.
Ahora
pequeña flor,
beberé tu dulce néctar
y sentié tu abrigo.
.
Ahora
pequeño dolor
en tu recuerdo
habitaré mi vacío.
.
Así,
matriz de memorias
madala perfecto
regresaré a mi centro
.
Así, corazón de vida
en plenitud incompleta
me marcho y, al fin,
al fin, te traigo conmigo.
.
©Lic. Fernanda Raiti
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3 Comments

  1. Hola! gracias por esas palabras. De momento veo que me encuentro impedida, en muchísimas ocasiones, de acompañar adecuadamente a mi hijo de 2 años. Como si se nublara mi capacidad de empatizar. Tiene 2 años y me resulta sumamente difícil mantener la paciencia y el entendimiento, mi cuerpo empieza a temblar por los gritos y me transforma la cara cuando él empieza con los gritos… en MUCHÍSIMAS oportunidades en el día. Pareciera una guerra cada intento de cambiada de pañal, o intento de vestirlo, que sea un punto medio entre su necesidad y la mía. Te pido un TALLER DE EDUCACIÓN EMOCIONAL PARA ADULTOS. No encuentro nada de este estilo y la verdad que en muchísimas ocasiones me encuentro queriendo ser otra madre, más tolerante. Entiendo que es mi limitación y quisiera tener más herramientas para estas situaciones.
    Muchas gracias, amo Casa Naranja y agradezco estos espacios de intercambio porque del otro lado hay padres que desean ser mejores padres, que deseamos dar lo mejor de nosotros para que nuestros hijos crezcan con mucho amor y conciencia.

    1. Gracias Bárbara, sí es muy cierto que los adultos debemos reeducarnos emocionalmente para poder educar desde un nuevo paradigma de respeto! Estás invitado cuando quieras a participar de los espacios, del círculo de crianza e incluso de los asesoramientos personalizados. Lo que contás que te pasa es bastante habitual que suceda cuando se dan “luchas de poder” y con algunas sencillas estrategias y muuuucha transformación interna de parte del adulto es posible revertirlo. A mi me parece que tu peque es un nene brillante de 2 años que hace perfectamente lo que tiene que hacer: buscar autonomía y asegurarse de la seguridad del vínculo a través de la búsqueda de límites. Pero entenderlo es una cosa y poder transformar las situaciones es otra. Por eso te digo que estás invitada a venir, en grupo y compartiendo con otros es más fácil 🙂
      Besos y gracias por tus palabras tan amorosas. Fernanda

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