¿Le comprarías un bebote a tu varoncito? Esta anécdota te puede ayudar a decidirte.

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En la semana de la lactancia materna y viniendo de un #tetazomasivo tengo una anécdota para contar que creo viene al caso:

El otro día en La Casa Naranja, mi espacio de crianza respetada y juego libre, estábamos hablando de cuáles son los juguetes indicados para favorecer el juego libre y el desarrollo autónomo en los bebés y niños pequeños. Entonces surgió el tema de los bebotes de juguete.

Una mamá muy serena y amorosa con un peque de 2.5 años y una beba de 6 meses me hizo esta consulta:

– Yo siempre dejo que el nene juegue en libertad. Tiene un bebote y el otro día hizo que le estaba dando la teta jugando. Eso me tomó por sorpresa… ¿debería dejarlo?
La pregunta me hizo acordar a Ana, la primera muñeca que tuvo nuestro hijo mayor. Se enamoró de ella en el supermercado y no hubo forma de no comprarla.
Ana era TODA rosa y a él le encataba el rosa. Fue su color favorito durante toda su primera infancia e incluso quería ropa rosa, lápices rosa y en general, sintetizando, todo rosa. Esto a Rudolf Steiner le hubiera encantado y a mi me daba gusto que tuviera preferencias y poder ser flexible, pero a otras personas, como las abuelas…. en fin, las desconcertaba un poco.
El caso es que Ana era realmente rosa. Cuando digo toda, es toda. Tenía la piel rosa suave, los zapatitos rosa bebé, la ropa rosa chicle y los pelos ¡rosa a rulos! Cuando mi madre la vió, bueno… ¡al día siguiente trajo un buen set de autitos porque no le parecía bien que todavía no tuviera ninguno!
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El punto es que nuestro hijito amó a su muñeca con ganas. La cuidó, le dio de comer, la sacó a pasear, la protegió, la mimó, la abrazó, la bañó, la hizo dormir, durmió a su lado, la olvidó, la perdió, la reencontró y volivó a amarla varias veces. Finalmente, muuuchos años después, la regaló porque ya estaba listo para soltarla y se la dio a alguien que era realmente especial. Alguien que se merecía recibir a un ser tan especial y tan amado como Ana.
A lo largo de esta historia de amor fueron llegando nuevos niños a la familia. Para cuando llegaron los hermanitos Ana fue una aliada incondicional. Y sí: muchas veces mientras yo atendía al hermanito menor, él atendía a su muñeca a mi lado. Porque es a través del juego que los niños pueden comprender, procesar las circunstancias de vida que se les presentan, sintetizar, aprender y seguir adelante.
Y la llegada de uno y luego de otro hermanito, si bien son eventos felices para los adultos, para los niños representan un enorme desafío. Por suerte ahí estaba Ana para acompañarnos y si mi hijito de 2.5 años tenía la lucidez lúdica de ponerse a su bebé al pecho mientras yo amamantaba a un recién nacido, ¡no tenía palabras de agradecimiento suficientes para con esa muñeca!

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¿Pondría esto su identidad de género en riesgo? ¿Lo confundiría respecto a su sexualidad? ¿Las madres estaríamos desviándolos o siendo confusas al no marcarle a los varones que esa es una tarea femenina? Yo intuía claramente que la respuesta era: ¡No!

La identidad de género tiene sus raíces en la imagen y el vínculo que modelan los adultos, no en el juego libre de los pequeños. Y sinceramente no solo creo que este tipo de juego no es dañino en absoluto, sino que debería fomentarse ofreciéndolo como una opción en el entorno de juego libre de los pequeños varoncitos, incluso aun si no tienen un hermanito recién nacido.

No se me ocurren más que ventajas al respecto. Porque el verdadero respeto de género, la posiblidad de saberse varones y permitirse ser amorosos a la vez, de ensayar en lo pequeño lo que luego podrán hacer de grandes no puede gestarse en una soci4186277edad que impide a sus bebés varones procesar y jugar a maternar/paternar a un juguete.

Y lo mismo puede decirse de tantas otras instancias de la vida y los cuidados cotidianos que recibe un niño pequeño, como el baño, el vestirse y desvestirse, el dormir, el sentirse sostenido. El otro día, también en La Casa Naranja, un bebé decidió que el pirata del barco se había hecho caca y con gran dedicación imitó el juego del cambiado de pañal ¡con el muñeco más rudo que tengo!

Creo firmemente que todos los cachorros humanos (lo digo en el sentido de la biología humana) tienen que poder contar con un objeto lúdico que represente la figura humana de un bebote para jugar a amar con el amor más absoluto e incondicional que ha experimentado la humanidad a lo largo de toda su historia: la del amor de un padre, de una madre, por sus hijos.

©Lic. Fernanda María Raiti
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