Réquiem a la educación moderna: que Composte en Paz.

Me pasó ya tres veces esta semana que veo algo que es viral y me molesta de verdad. Mucho.
Uno es esta nota sobre las 16 cosas que no te dijeron acerca de ser mamá de varones (y eso que yo conozco el tema a fondo ya que tengo tres). Con todo respeto, no recuerdo haber visto una lista de estereotipos de género tan celebrada como esta, que no se contenta con encasillar a los varones… sino que con maestría defenestra también la heterogeneidad lúdica de las nenas.
Mi madre es la que me manda algunas de estas cosas vía Facebook, aunque las vi reaparecer por todos los rincones de la web. Le respondí por chat lo disgustada que estaba y le sugerí que tal vez estoy volviéndome vieja y amargada, pero ella me respondió esto:
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Bueno. Está todo dicho. No será por eso.
Será entonces por otro motivo que me amargo.
Será porque palpita en mi una convicción que se respalda en mi capacidad interna de intuir, que tiene algo que ver con la mirada y no ya con la palabra. Más específicamente con la mirada de la sociedad moderna.
Es así: hace unos 500 años occidente comenzó a mirar todo bajo una lógica hegemónica. Segmentado por partes, clasificado en sus características, dividido según aspectos, diseccionado su SER para estuidarlo a fondo, conocerlo, comprenderlo, explotarlo. Eso le hicimos al mundo y al hombre desde el comienzo de la época moderna. Y así hemos vivido estos cinco siglos, como si fuese la única y última verdad, como si nunca fuera a tener un fin.
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La lecciónde anatomía del doctor Nicolaes Tulp, Rembrandt (1632)
Infinidad de cosas se han dicho y podrían seguirse diciendo sobre La Lección de Anatomía del doctor Nicolaes Tulp, de Rembrandt. Pero yo solo quiero decir que no hay una sola mirada que se dirija al rostro del muerto. Será porque para la modernidad la muerte es justamente un tema del cual mejor no estar tan consciente ya que es un misterio y una experiencia unitiva que no cuaja con la lógica actual.
Miramos atentamente y vemos pequeñas parcialidades del propio ser en los burdos trozos de saber que nos aportan las ciencias. Y estas fracciones, las muy arrogantes, quieren hacerse pasar por EL TODO. Si el delivery nos trajera una pizza a la que le faltan 6 porciones de 8 porciones sin duda nos quejaríamos al instante. Pero nos contentamos con 2 o 3 porciones de lo que somos como seres humanos sin chistar, o apenas: un cuerpo, una emoción, un intelecto. Y ni soñando hay algo más. Y así se corre constantemente el riesgo de borrar de un plumazo la diversidad biológica y cultural, toda forma de heterogeneidad y a fin de cuentas: aquello que en lo diverso defina a un otro distinto de mí que ponga en riesgo mi modo de mirar el mundo.
Por supuesto esta perspectiva ha sido aplicada también en la educación y tiene graves consecuencias que llevan a la disfunción individual, comunitaria y social. ¿De qué manera? Atando a las maestras y los estudiantes a un plan de estudios diseñado por expertos ajenos a las vivencias y la experiencia pedagógica directa de sus protagonistas, por ejemplo. Obligando a estudiar unidades aisladas de conocimiento bajo el atributo de asignaturas o áreas curriculares en vez de favorecer la vivencia integral del aprendizaje. Encerrando a los niños en escuelas, atándolos horas a sus pupitres y con limosnas de amarretes minutos a un juego sin correr en los recreos. Y todo empieza privando a los niños a edades cada vez más tempranas de la posibilidad de saciar el ímpetu de ser los dueños de su quehacer lúdico. Solo así se justifica la millonaria movida de los juegos didácticos para bebés que son tan valorados por las madres más bienintencionadas y que solo Dios y la Virgen saben cuanto me amargan.
En este sentido, la idea de las inteligencias emocionales resulta un aporte pero conserva la misma lógica,  se mira al ser humano con los mismos lentes: ¿qué fragmento del potencial humano elegís para identificarte? ¿Sos más musical, más kinestésico, más lingüístico, más intrapersonal?… Y casi automáticamente llega la siguiente pregunta: ¿con qué fragmento “identificás” a tus niños -aunque en realidad la expresión correcta sería “estás proyectando en ellos”?
La definición de inteligencia emocional amplía el concepto de inteligencia más allá de nivel intelectual característico del hemisferio izquierdo del cerebro. Me alegro por ello. Pero agudiza una misma mirada enfermiza. Eso no está tan bueno. El mensaje es idéntico:
– Miro tus partes por separado y elijo una (o varias) para que se convierta en tu todo.
– Pero, ¿qué hago con el resto del ser humano que encarno?, preguntaría el niño tirando de la manga del adulto si pudiera. ¿Qué hago con todo lo otro que yo soy, con mi ser entero que siento que explota dentro mío?
¿Los han escuchado decirlo? ¿No? Ah, ¡claro que lo dicen! Nos lo están diciendo a los gritos, a su manera. ¿Y qué hacemos con ellos entonces? Volvemos a agruparlos, clasificarlos y cientos de veces los humillamos, los llamamos caprichosos, maleducados, bestias, salvajes, pequeños demonios… porque se resisten. Por supuesto que no paramos ahí, también llegamos a asignarles alguna patología y por qué no una que otra pastillita. Todo gracias al bondadoso paradigma moderno. Que no se malinterprete, no estoy minimizando la importancia de los diagnósticos tempranos y la posibilidad de que niños en situación de padecimiento puedan recibir el tratamiento adecuado para poder vivir más felices y plenos. Pero de verdad me pregunto si semejante nivel de vulnerabilidad infantil expresado en trastornos de todo tipo no es una consecuencia directa de la patología moderna. ¿¿Qué les estamos haciendo??
Sería algo así como un déficit de atención que adolce nuestra sociedad actual. Una discapacidad para captar y significar experiencias unitivas. La llevamos de paseo al bosque y nos dice: veo solo un árbol por vez, sé que existe algo más grande pero no llego a vislumbrar aquello que los místicos llaman bosque.  Pobres de nosotros, pobres de nuestros niños… el Todo es mucho más bello que la sumatoria de sus partes. ¿Caminaste alguna vez por un bosque? Yo, cientos de veces. La experiencia TOTAL del bosque es inigualable, son tan diversos, ricos y variados los elementos que la componen que no llego a distinguirlos en sus aspectos singulares, sino que su TODO reverbera en la  frecuencia vibratoria de mi organismo como una única experiencia. Sí, sí, escucho el agua sonando a lo lejos y se que voy a poder beberla cuando alcance el riachuelo. Sí, percibo el movimiento de las hojas, la danza de las flores, el susurro de las aves y animales silvestres, la humedad de la tierra fresca bajo el peso de mi cuerpo, el olor a podrido de maderas viejas, a hongos, a hormigueros… el bicho bolita, el inmenso sol. Todo, todo, todo, es una única experiencia: el bosque. Y COMO ADORO transitarlo, como AMO la experiencia de UNIDAD que me brinda.
Pues bien, los niños humanos (estrictamente “cachorros” desde el punto de vista biológico) VIVEN en esa experiencia unitiva donde todo es potencial porque todo está UNIDO. Y aunque a nadie se le cruzaría por la cabeza enseñarle a un cachorro de león a convertirse en un león adulto porque sabemos que la naturaleza hará lo suyo, con los cachorros humanos no tenemos ni pizca de confianza en su capacidad de devenir el adulto que están destinados a ser. Así que insistimos casi al borde de la manía en que hay que guiarlos a nuestro mundo. Un mundo donde reinan las parcialidades que nos permiten clasificarlo todo, organizarlo todo, estudiarlo y memorizarlo todo, porque de otro modo… no sabemos bien qué pasaría pero estamos convencidos de que es algo muy, muy malo.
Esto aclara la obsesión misteriosa que impulsa a los adultos a preguntar en forma casi compulsiva a los bebés menores de 3 años de qué color son las cosas, qué figuras se corresponden entre sí, qué orden debe llevar una torre de cubos para que sea “exitosa”, cuáles son los números y cuáles las letras, cómo hace el perro al ladrar, cómo el gato al maullar.
El chico tal vez estaba sumamente compenetrado en una experiencia unitiva con su ser danzando al unísono de la melodía creada por una partícula resplandeciente en el aire bajo la caricia de un rayo de sol furtivo a través de la ventana. Pero a quién carajo le importa esa pérdida de tiempo. Mejor que use juguetes de plástico y una app didáctica en la tablet que le enseñen los colores, los nombres de los animales de la granja, las formas geométricas y de ser posible los números romanos. Que le enseñe a ser uno de los nuestros. Y no lo hacemos por mal quererlos. Con todo el corazón les deseamos el bien. Estamos convencidos de que de no hacerlo, de no estimularlos de esta manera, les estaremos fallando en lo más profundo.
¿Es acaso revolucionario declarar que si dejáramos de inyectar en la primera infancia la lógica moderna solo estaríamos fallándole al pensamiento moderno, a la sociedad moderna, a la lógica de explotación, del saqueo, de la guerra, la pobreza, la discriminación, la violencia, la destrucción del medio ambiente?
Sabemos a ciencia cierta que si la humanidad no cambia de forma radical sus actuales prácticas no tenemos buenas perspectivas para el futuro cercano. Igual, como a nadie le gusta mucho mirar al rostro de la muerte, solo seguimos analizando los datos que arroja la ciencia y ahí quedamos… nada cambia de fondo. Esto de que no vamos bien lo sabemos por la información que aporta la ciencia, muy amable, muchas gracias. Que de verdad está buena la data, ese no es el problema. El punto es otro: ¿más allá de los tratados internacionales sobre el cambio climático y las declaraciones universales de los derechos humanos, nosotros en lo personal: qué vamos a cambiar? Y bueno… nos decimos. A ver… ¿qué podemos hacer? Tal vez firmar más peticiones en Change.org, darle más “me gusta” en las denuncias de Greenpeace en Facebook y luego compartirlo en nuestro muro, por supuesto (es que darle solo “me gusta” parece que no sirve tanto como darle “compartir” pero esto ya se va de tema).
Ahora… liberar a los niños de la atrofia de la hiperestimulación, de la privación del juego y motricidad libre a edad cada vez más temprana, de la pérdida casi total de la posiblidad de jugar a solas en la naturaleza sin un adulto que lo guíe en sus descubrimientos NADIE, NADIE, NADIE en su sano juicio siquiera piensa en cambiar esto de verdad.
Bueno sí, algunos poquísimos están pensándolo, incluso algunos otros que no son Finlandeses. Pero: ¿ hacerlo nosotros? ¿Hacerlo todos? Yo como madre, para ser sincera, ni arrimo. Me parece que no sabría por dónde empezar, por dónde parar esta bola enloquecida y descontrolada, pulsar el freno, poner un pie afuera, bajarme del tren. Así que me levanto prolijamente a las 6.30am y mando a los peques a la escuela. Porque VER al niño como el ser ENTERO que es, dejarlo SER quien verdaderamente es me obligaría a ver QUIEN VERDADERAMENTE SOY YO. No soporto, por ejemplo, ver a mi hijo frustrase porque me grita en la cara mi propia frustración. Me obligaría a notar cuan fragmentada estoy y ya estoy grandecita para tener que ponerme a moldear mi identidad desde cero… porque ya lo hice una vez, en mi primera infancia y muy en lo profundo de mí me consta lo sacrificado que fue lograrlo.
Aunque desde esa misma profundidad una certeza arrolladora insista en que es imperioso liberar a la infancia para salvar el mundo.
Pero, ¿y si me quiebro? ¿Y si no lo logro? ¿Y si no puedo soportar el DOLOR de reconocer mi propia finitud más allá de una personalidad fragmentada y borrosa? Mejor sacrifiquemos a los niños. Dejemos todo como está.
Aunque sepamos que el mundo va a la ruina, no generemos una nueva conciencia. Total queda lejos la guerra en Siria y los extenuados recursos naturales todavía dan para que les exprimamos una gotita más a costa de la pobreza de más de media humanidad. Además los polos tan rápido no se deben estar derritiendo como dicen.
En fin. Todo gracias a la modernidad que está podrida, que está muerta desde hace rato. Pero en vez de aceptarlo y dejarla que se composte en paz nos tragamos el verso de lo posmoderno, que es como lo de las inteligencias múltiples: la misma historia pero repartida entre más personajes. Antes era una inteligencia y punto. Ahora son montones. Socorro. Así que además de pretender que les vaya bien en matemáticas y lengua ahora también queremos que hagan danza afro, chello e ikebana, chino mandarín y programación de software.
Pero nada ha cambiado en verdad: los pobres pibes llegan a lavarse los dientes a la noche sin haber tenido siquiera una ínfima posibilidad de percibir y dejarse guiar por su naturaleza interna. De detenerse ante la inspiración del vuelo de una mariposa, de morar en el silencio de una tarde de calor donde el mundo entero se resume en el canto de las chicharras, de mandarse una sola cagada con la seguridad de que no está siendo monitoreado por el panóptico del adulto.
Ni una vez. Ningún día.
Y esto no va a cambiar.
Sinceramente. No creo que la humanidad pueda cambiar. No creo.
Al menos no, si seguimos haciendo las cosas como venimos haciéndolas.  No le veo pasta a la humanidad para el cambio que sería necesario transitar. Aunque ahora que lo escribo siento que quizás si haya esperanza. No sería cambiar algo porque se trataría de una ínfima mutación en un monstruo gigantesco que prontamente sería reabsorbida para significarla dentro de la misma lógica, bajo una misma genética: una inteligencia, muchas intelgiencias.
Un cambio no. Debería ser otra cosa.
Algo así como generar un salto cuántico en la conciencia hacia una experiencia de integración en auténtica armonía con Lo Natural y con la propia esencia. Una experiencia UNITIVA y TRASCENDENTAL. Semejante transformación solo sería viable si desde el inicio mismo de la vida libráramos al ser humano para que pueda ser quien verdaderamente es más allá de la persona en quien nosotros (y a través nuestro la sociedad) necesitamos convertirlo.
Sería una revolución de los corazones, una irrupción de una nueva conciencia. Una vivencia constante de la dimensión espiritual del ser humano integrando la totalidad de la experiencia del SER más allá de la razón moderna. Pero dudo que realmente estemos dispuestos a hacerlo, aunque esté todo en juego.
Y me pregunto: ¿Qué nos pasa? ¿A qué le tenemos tanto miedo?
©Lic. Fernanda María Raiti
Material relacionado:

Este video sobre la música clásica en la actualidad y los ojos brillantes y este otro acerca de fotografiar la vida natural con todo el espíritu, no hay dudas, me inspiraron. (El de Benjamin es desde el minuto 8.13, aunque todo es maravilloso).

Y este artículo… definitivamente me empujó e incluir un par de insultos en el artículo de hoy. Está en inglés así que sintetizo la esencia: un estudio británico halla que un tercio de los niños entre 4 y 5 años no tienen habilidades motrices básicas como gatear o mantenerse sobre un solo pie, lo cual afecta también su desempeño cognitivo y en todas las áreas de desarrollo. ¿La razón? El tiempo que pasan jugando frente a una pantalla en vez de… bueno… de jugar de verdad. Pero bueno, el tema del tiempo de pantalla será para otro día.

 
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