La timidez en la mira.

Hace un par de días me llegó este comentario al blog:

“Tengo un nene que va a cumplir 5 años y es muy tímido, lo llevo a natación y le cuesta hacer las actividades por que dice que tiene vergüenza, quisiera que realice alguna actividad física y pueda largarse más. Le hablo y todo pero no hay caso: ¡sige con su vergüenza!”

De inmediato me causó interés y curiosidad. En primer lugar porque es un relato breve que describe una situación, pero no plantea ninguna pregunta. Entonces fui yo quien comenzó a imaginárselas.

La primera de ellas es: ¿qué necesita esta mamá?

A partir de esta inquietud, también me planteé: ¿Quiere compartir lo que le sucede a su hijito? ¿Es un pedido de ayuda? ¿Espera una respuesta o solo necesita un espacio donde ver escrito lo que le sucede para comprenderlo mejor?

Tardé estas 48 horas en decidirme a escribir algo al respecto. Me gusta tanto escribir, reflexionar sobre lo que me apasiona, intercambiar ideas y si es posible ser de alguna utilidad a otros, que no quiero perderme esta oportunidad para hacerlo. Espero con sinceridad que le sirva a ella, que les sirva a ustedes que siguen el blog y que me sirva también a mi. No es una respuesta directa a su comentario, sino una anécdota personal de vida que pone en la mira a la timidez durante la infancia.

Yo era una nena tímida. Muy, muy tímida. Mi mamá me llevó un día a un casting (en Bariloche eso era algo excepcional) para hacer una propaganda de una distribuidora mayorista de golosinas. Recuerdo el lugar, que era un edificio de oficinas en una galería del centro y tenía ascensor. En esa época ese era uno de los pocos ascensores en el pueblo y era un juego habitual para nosotros subir y bajar solo para sentir como esa especie de tiburón plateado nos engullía, cerraba sus fauces y luego de sacudirnos un ratito volvía a abrirlas para devolvernos al simple y llano mundo… Este asunto del ascensor en parte delata mi edad y en parte me hace pensar en el vertiginoso cambio que hemos vivido en los últimos 30 años.

Aunque hay cosas que no cambiaron tanto. Yo por ejemplo, era una niña muy, muy tímida, igual que el hijito de la mamá que escribió en el blog. Pero mi mamá, que siempre me amó tanto, veía en mi otras características: picardía, ingenio, belleza, profundiad, gracia y vaya uno a saber cuántas cosas más. Por ello, estaba segura que me iría fantástico en el casting.

Entramos en la oficina y un señor muy, muy amable (casi como para compensar lo tan, tan tímida que era yo) me explicó que me filmarían, que me harían algunas preguntas, que me sintiera cómoda.

– ¿Estás bien?, me preguntó.

Yo no respondí. Me moría de vergüenza y sentía que las palabras se me enrulaban como un asustasuegra en la lengua y se me hundían por la garganta hasta lo más hondo de la panza.

Quien calla otorga, habrá pensado él, y comenzó con la prueba. Me filmó varias veces, me hacía preguntas, me sonreía, me ofreció algo rico para comer. Pero mi boca estaba sellada como si el los indios danzantes promotores de un poderoso pegamento hubieran aplicado en mis labios su famoso canto: “lo que la Gotita pega nada nada lo despega” (¿Se acuerdan de esa propaganda?).

¿Al menos me darías una sonrisa?, me preguntó el cameraman casi rendido.

Entonces yo, hablándole con los ojos, le sonreí suavemente sin despegar los labios y bajando la cabeza le pregunté a mi mamá si ya podíamos irnos. En el ascensor ella me preguntó qué me había pasado y por qué no había abierto la boca siendo que en casa era tan charlatana y divertida. Era evidente que yo no había podido dar lo que ella esperaba de mí.

– Mamá, le contesté, es que me faltan tres dientes.

Recuerdo muy bien que vi la propaganda de las golosinas muchas veces en la tele de Canal 6. Juan Cruz, un nene que yo conocía, era uno de los piratas que encontraban el tesoro de caramelos, chocolates y chupetines en una isla. Siempre que lo veía pensaba: “yo no fui elegida para estar ahí”. Eso me casuaba cierta pena y cierto alivio. Pena por no haber podido satisfacer a mi mamá. Alivio por haberme salvado de tan grande exposición pública.

Es evidente que mi mamá me llevó al casting con una buena motivación y que no haya notó el pudor que yo sentí de mostrarme ante una cámara tal como ella me conocía en casa. También está claro que mi mamá se sentía orgullosa de mí y es probable que quisiera que todo el mundo notrara lo simpática y dulce, ocurrente y divertida que era. Por último, es casi seguro que ella y yo quisiéramos lo mejor para la otra, basadas en el amor. Pero tal vez era un amor un poco ciego.

Quizás mi mamá y yo formamos en ese momento una imagen que estaba un tanto fuera de foco porque nuestras miradas estaban desencontradas. Ella estaba mirando algo -mi encanto natural:) -, yo estaba mirando otra cosa -el deseo de mi mamá-.

Ahora es mi turno de ser mamá y la timidez se me pasó hace rato. Me toca estar del otro lado. Uno de mis hijos es un niño muy, muy tímido. Y más de una vez me ha sucedido que mi pequeñito, luego de un comentario mío, busca un momento en el que estamos a solas y me dice:

“Mamá, eso que dijiste de mi me dio vergüenza”.

A veces es porque cuento alguna dificultad (por mínima que sea) que siento respecto a él con una amiga o docente. A veces porque comparto con otros lo fantástico que baila, las respuestas geniales que tiene, lo hermoso que me parece que él es. Su aviso de timidez, sin embargo, siempre me hace crecer y reflexionar. Si no siente confianza entre las personas con las que estamos, el quisiera ser transparente, que no lo vean, que no lo miren, que no lo escuchen respirar. Yo, por el contrario, quisiera que lo vea el mundo entero… ¡estoy tan orgullosa de ser su mamá!

Entonces me pregunto: ¿Existe un punto donde se puedan cruzar nuestras miradas? ¿Existe un lugar, una estrategia, una palabra mágica que nos pueda ayudar?

Pienso que el respeto, y no el amor, es lo que nos hace falta. Amor tenemos, de sobra. Pero el respeto viene primero, dice Magda Gerber. Respeto por el niño, por su identidad, por sus tiempos, por su modo único y especial de desplegarse en el mundo, a su ritmo y de acuerdo a su propio plan interno.

Este respeto nutre a los niños con el sentimiento de ser aceptados.

La aceptación siembra el desarrollo de la confianza en sí mismos.

La confianza en sí mismos hace que a su debido tiempo florezcan sus dones personales.

De este modo, finalmente, cada niño criado en un entorno de auténtico respeto puede saborear el fruto de la plenitud. Como si nos repitiéramos una especie de mantra que diga:

Lo que mi hijo es, es suficiente.

Tal como es.

A veces esto nos resulta difícil, no porque no amemos a nuestros hijos, sino justamente porque los amamos.

En ciertas culturas la timidez es muy valorada y una persona demasiado desenvuelta sería vista con malos ojos, como fue mi experiencia de la cultura Tai durante el año que viví allí.

En nuestro contexto, por el contrario, probablemente las mamás de niños tímidos sintamos preocupación acerca de su desempeño en una sociedad sumamente competitiva, donde pareciera que todos deben aprender a lucirse y mostrar de qué son capaces desde muy temprana edad. Como los amamos, no queremos que su timidez les perjudique su inserción en la sociedad o que sufran por ella. Pero si hacemos del respeto nuestro ideal, tal vez este sentimiento pueda cambiar… “lo que mi hijo es, es sufiente. Tal como es”.

Se que suena muy utópico y lo último que quiero es sobrecargar con un sentimiento de culpa a las madres y los padres que ya tienen bastante con la ardua tarea de la crianza. Lo propongo porque -como dicen por ahí- cuando avanzamos hacia la utopía, ella se corre unos pasos más adelante. ¿Para qué sirve entonces la utopía? Pues para eso, para avanzar.

Es mi más sincero anhelo que podamos caminar junto a nuestros niños hacia una vida familiar, social y cultural donde el respeto mutuo, la aceptación, la confianza y la plenitud conformen un  paisaje cada vez más humano. Un paisaje donde cada uno pueda dirigir la mirada hacia su propio destino, ser quien auténticamente se es y poder así al fin, estar en paz.

PD: hay un libro para niños que me gusta mucho que habla sobre la timidez. Se llama La Cabeza en la Bolsa, de Marjorie Pourchet, de la editorial FCE. Lo recomiendo porque puede ayudar a las niñas y niños tímidos (como era yo de pequeña) a comprender lo que ellos sienten por dentro. Pero también puede servir a los niños desenvueltos (como era Juan Cruz) a descubrir y hasta valorar un sentimiento que tal vez hasta el momento no se habían percatado que existía.

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2 Comments

  1. gracias, a pesar que no hay tímidos en casa, sí transitamos con diferentes tiempos que nuestros pares y SIEMPRE nos cuesta que el resto los respete sin etiquetarnos, me encanto la anécdota.
    Gaby

    1. Hola Gaby!! Qué alegría!! Gracias por tomarte el tiempo para leer y compartir, no sabía que leías el blog y me diste una sorpresa:)
      Es cierto que los padres que tenemos niños que transitan en un tiempo diferente al de sus pares podemos ver que son etiquetados por el resto y esto nos causa dolor. Pero qué valioso que nuestros hijos en esta situación sepan que sus padres tienen una mirada abierta y sí los respetan… “Así como sos es suficiente, tal como sos”, ¿verdad?
      Te mando un super abrazo, querida prima,
      Fer

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