Después de la tormenta. Reflexiones acerca de los momentos difíciles en la vida de niños pequeños y sus familias.

¿Fue el 4 de abril la tormenta que arrasó la zona oeste y sur desde Moreno hasta la Plata? No recuerdo exactamente el día aunque tengo la idea que fue a media semana, un miércoles, a las 8.15 de la tarde. En verdad los hechos exactos no importan tanto.

Sí recuerdo en cambio la sensación extraña de estar inmersos en un viento poderoso, inmenso, que barría la lluvia en forma completamente horizontal. Estábamos dándole de cenar a nuestros hijos y mi marido y yo subimos para asegurarnos que las ventanas estuvieran cerradas. Al mirar para afuera, la escena nos impactó dejándonos la sensación de que estábamos en un gran barco en medio de un mar bravío. No se nos cortó la luz, ni el teléfono, ni hubo grandes estruendos de árboles caídos, chapas volando o tanques de agua derribados.  Solo al día seguiente, al levantarnos, poco a poco comenzamos a enterarnos de lo que había sucedido en nuestro barrio, nuestra ciudad y todas las de los alerededores. La versión que más me cierra en lo personal es que fueron mini tornados, ya que a dos cuadras de casa había una gran destrucción mientras que en nuestra calle no pasó más que un viento muy fuerte, con pocas ramas caídas. Sin embargo ese día no quisimos salir.

Poco a poco fuimos llamando a nuestros amigos para ver como estaban. Algunos estaban bien, otros no tanto… plazas destruidas, techos volados, comunicación cortada, casas inundadas y autos arruinados. Nuestros queridos amigos de Moreno perdieron a una familia vecina de 6 miembros a los que se les cayó el techo encima…

plaza de los españoles, en Castelar, luego de la tormentea de abril 2012

Una sensación de tristeza y de parálisis invadió el ánimo generalizado. En la verdulería, en la escuela, en la vereda, en el kiosco, la gente no hacía otra cosa que hablar de la tormenta. “Parece que hubieran tirado una bomba”, era la expresión que se oía en todos lados. Y les aseguro que los niños y niñas pequeñitos han estado escuchando y observando todo el proceso.

Esa semana y las siguientes, cuando nos sentamos con los nenes y las nenas de la Casa Naranja a merendar durante el taller de juego, conversamos sobre la lluvia, sobre el viento, sobre cómo habían pasado la tormenta. En muchos casos las mamás pusieron palabras para aclarar y contar la vivencia. Mi sugerencia fue que hablaran con los chicos sobre el tema si aún no lo habían hecho, con palabras sencillas pero ciertas. También les propuse que de ser posible fueran al parque de sus casas o dieran una vuelta a la manzana viendo si podían ayudar a “limpiar” aunque más no sea levantando hojas y ramitas caídas, con la intención de que ellos supieran que también podían ayudar a reparar los daños causados por el viento.

Yo también lo hice con mis propios hijos.

Esta experiencia fue en todos los casos positiva. A todos nos sorprendió la facilidad con la que los chicos encararon la tarea y hasta “disfrutaron” haciendo un reconocimiento de las nuevas posibilidades lúdicas del paisaje. Así, treparon a grandes troncos, armaron casitas para tortugas con ramas y hojas y recolectaron adornos otoñales para sus casas.

Quería escribir sobre este asunto cuando otros “fuertes vientos” vividos por familias que asisten a la Casa Naranja desviaron mi atención y me llevaron a ampliar la reflexión a otras situaciones difíciles en la vida de los niños pequeños y sus familias. No estamos libres de sufrir un duelo, una separación o un hecho grave cuya violencia sin sentido nos toma por total sorpresa. Sabemos que es parte de la vida, pero si tenemos niños pequeños en casa nos preguntamos: ¿qué sucede con un bebé o a una pequeñita de 2 años ante el dolor familiar? De algún modo, pienso, es también como pasar una “tormenta”.

Yo no soy psicóloga y no es mi interés hablar de lo que no sé. Pero desde el lugar que me toca, siento la necesidad de compartir esta reflexión… Pensando en Magda Gerber y Emmi Pikler, solo quisiera sugerir que ante los momentos más difíciles renovemos nuestra mirada de confianza en las capacidades comunicacionales y vinculares de los niños que transitan la primera infancia. Ellos y ellas no son ciegos sordos y mudos ante el dolor, sino que son seres humanos plenos, capaces, conectados, compasivos. Si les hablamos usando pocas palabras pero sinceras, si les relatamos lo que sucedió de forma sencilla y les reaseguramos que estamos allí para cuidarlos probablemente todos experimentaremos un gran alivio.

En cierta ocasión, una amiga mía sufrió un asalto a mano armada mientras los niños estaban en la escuela. A partir de esa tarde, su hijo mayor comenzó a dar vueltas inquieto por la casa diciendo “estoy muy preocupado, no puedo dejar de pensar en un asesino”. Ella entonces decidió contarle lo que había sucedido. Le explicó que los habían asaltado, que el hombre tenía un arma y que se había ido sin hacerles daño. Que estaban todos bien y a salvo. “Yo soy la grande y me cuido a mí misma así como te se cuidar a vos”, terminó diciéndole. Esto produjo un alivio inmediato en el niño y ese asesino temible que él estaba “percibiendo” en la emoción del ambiente tomó una dimensión real y menos atemorizante.

Cuando suceden hechos que impactan a los adultos, este mismo impacto tiene una resonancia en los niños de todas las edades. Aunque aún no hablen muchas palabras no significa que no comprendan y que no tengan necesidad de elaborar ciertos hechos. Los adultos solemos necesitar contar una y otra vez las situaciones traumáticas a quien quiera escucharlas con el deseo de hacer catarsis… y casi siempre nuestros hijitos se vuelven un público “invisible” que escuchan una y otra vez nuestra historia, sin haber tenido la oportunidad de que les habláramos a ellos directamente explicándoles lo sucedido y dándoles lugar a hacer preguntas si es que lo necesitan.

No suelo escribir este tipo de artículos pero hace tiempo que lo tengo en la punta de mis dedos, listo para ser tipeado. Es que lleva tiempo poder elaborar y compartir ciertas cosas que mueven lo profundo de nuestras vidas. Les agradezco que estén allí, del otro lado, compartiendo este sentimiento mío.

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