Lo que (no) nos gusta tanto de los bebés

©Pedí3Deseos. MAMMA MIA. Talleres y Planificaciones de Juego creativo para vos y tu bebé.

¿El bebé se durmió en la mesa? ¡Aprovechá para dormir ya!

¿Escuchaste alguna vez la expresión : “La vida es un juego, juégalo”?

Este artículo reflexiona sobre TODOS los otros momentos de la vida cotidiana con nuestro bebé cuando no estamos precisamente predispuestas a tomar la vida como un juego y nuestros bebés están ahí para recordárnoslo. Que disfrutes la lectura y si llegás al final, nos encantaría saber qué opinás.

Tres reglas doradas para una crianza con bebé y mamá felices

¿Qué nos gusta de los bebés? ¡TODO! Sí, nos gusta TODO.

Nos encantan los bebés: son tiernos, son dulces, suaves, inocentes, puros, radiantes, y realmente maravillosos…. aunque a veces NO TANTO… Y saber esto es un gran alivio que nos permitirá mantener la cordura mientras los criamos.

1. Un bebé que llora y una eventual mamá llorona.
Aplica fuertemente de 0 a 3 meses pero reaparece esporádicamente hasta el año aproximadamente.

Nos deleita que se rían a carcajadas durante algunos instantes ante una cosquilla o una cara graciosa. Pero no nos gusta tanto que lloren de manera sostenida y tener que aplicar el arte adivinatorio para consolarlos. ¿Será hambre? ¿Será sueño?, ¿Será que está sucio? ¿Será que se angustió? ¿Será capricho? ¿¿¿Seré yo???…
¡Ahí es cuando nos damos motivos para llorar nosotras también! Por eso declaramos: que los bebés lloren es normal, que nosotras lloremos con ellos si lo deseamos es normal (qué alivio saber esto, ¿verdad?) y que nos conectemos con nuestra intuición para solucionar el problema del llanto es normal y es altamente recomendable seguir esta intuición aunque  TODO el resto de la humanidad opine lo contrario (la humanidad en estos casos suele reducirse a alguna amiga, nuestros hijos mayores y muy especialmente nuestras madres y suegras).

Regla de oro Nº1: saber que un bebé que llora (y una eventual mamá llorona
y con un mundo de emociones encontradas) son normales
nos permite aceptarlo/nos, distiende y alivia la crianza.

2. Un bebé a upa de una mamá a upa de quién ella elija.
Aplica de los 0 a los 7 meses aproximadamente (o cuando el bebé comience a gatear y deambular). Se recomienda conservar este aprendizaje para otros momentos de la vida aunque sin abusar.

Nos gusta hacerles upa mucho, mucho rato a nuestro bebé. Pero no nos gusta tanto auparlos ¡el día entero! En especial cuando queremos hacer uso de nuestras dos manos y nuestros dos brazos para tareas tan sencillas como hacerle upa a otro hijo mayor o cubrir necesidades básicas para la supervivencia como cocinar para poder comer, limpiar, bañarnos y dormir para recordar de qué se trataba el descanso. Ahora bien, que el bebé quiera estar a upa es normal, que nosotras necesitemos comer, bañarnos y dormir es normal. Lo que no es tan habitual es que en la situación demandante de los primeros meses de crianza nos permitamos esa entrega total al abrazo con nuestro bebé porque no conocemos el  secreto para lograrlo: jerarquizar las necesidades y dejarnos aupar. Es decir, permitirnos ser “sostenidas en los brazos” de otros adultos que nos merezcan confianza. ¿Quiénes son esos otros? ¡Pude ser desde nuestra pareja,  nuestra madre, nuestra suegra, amigos, la vecina, la rotisería de la esquina y el servicio de laverrap! Nótese que digo adultos… evitar rotundamente recurrir a los otros hijos para recibir contención por el bien de todos. Saber pedir ayuda, relajarse en las exigencias de orden y “tercerizar” el mantenimiento parcial del hogar por unos meses permite a las madres estar distendidas, aún con el bebé a upa, y sonreír mucho más a menudo lo que redunda en un gran beneficio para todos los otros miembros de la familia.

Regla de oro Nº 2: las madres necesitamos aprender a pedir
y recibir sostén de otros adultos para poder sostener
plenamente a nuestro bebé.

3. Si el bebé no viene a la madre, la madre viene al bebé.
Podría aplicar desde el embarazo hasta los 99 años pero haciendo un poco más de foco se aplica con mayor intensidad desde los 6 a los 24 meses.

Este punto se aplica a muchísimos momentos de la vida, pero para ejemplificarlo tomaremos una situación clave: la cena. Nos gusta darles de comer en la boca, jugar a que la cuchara es un avioncito mientras conversamos y reímos con la familia al compartir la cena. Pero no nos gusta tanto que nuestro bebé recién bañado se quede dormido sin comer o mucho peor se suba a la mesa, se de vuelta el plato de sopa de fideitos en la cabeza, lance la cuchara a la cabeza de un hermano y al suelo el vaso lleno. Esto casi de manera inmediata es una receta infalible para el guión de una cena catástrofe (es cierto, a esa hora del día todas las madres tendemos a exagerar un poco las cosas). Ahora bien. He aquí un par de felices ideas para digerir durante las comidas: el momento ideal en la crianza no puede ser planificado de antemano y cuando así lo deseamos solemos imponer estructuras rígidas de organización que terminan por desbordarnos. Es excelente que los bebés tengan hábitos y que el cierre del día sea una rutina. Esto aporta confianza y tranquilidad a nuestro pequeño y a todos. El desafío es combinarlo de manera práctica con un análisis realista de la situación y de las necesidades del resto de la familia. Es decir: ¿qué tal si dentro de lo que nos recomienda el pediatra ofrecemos al bebé alimentos que pueda manipular con facilidad usando sus propias manos; si en vez de pretender que el bebé espere a los demás para cenar le damos de comer a la hora en la que tiene hambre (ellos mismos nos dirán cuándo es su rutina) y si en vez de lidiar con un pequeño que se duerme sin comer o se fastidia (y fastidia a otros) por el propio cansancio estamos disponibles para cenar y conversar con nuestros hijos mayores o nuestras parejas más tranquilas? Esto mismo puede aplicarse prácticamente a todos los momentos rutinarios de la vida en familia, por ejemplo: la rutina de levantarse, de juego, de baño, de dormirse, de paseos, etc.  La contención brindada por los hábitos combinada con la flexibilidad que surge del sentido común permitirá una organización diaria capaz de atender mejor y más eficientemente las necesidades del bebé, de la madre y del resto de la familia.

Regla de oro Nº 3: acomodarse y respetar el ritmo del bebé y el propio
permite una crianza que renuncia a las exigencias de perfección
y es abundantemente más armoniosa y feliz.

También nos gusta leerles cuentos hermosos a los bebés, aunque no nos gusta para nada que arranquen sus páginas y las coman. Y nos gusta jugar y armar todo tipo de torres para derribar luego aunque no nos gusta tanto levantar todo tras una hora de juego (¿cómo llegamos a tener tamaño desparramo??). Y nos gusta… y no nos gustan… ¡tantas cosas más! Definitivamente la ley de los opuestos rige nuestro mundo y la crianza no está exenta de ella. La gracia está en poder amar y abrazar la vida en su totalidad y como un círculo del Yin-Yang que se completa todo fluye con natural espontaneidad. ¿Suena muy zen? Después de criar tres varones seguidos, por experiencia propongo que ¡vale la alegría probar!

Y a vos, ¿qué es lo que (no) te gusta tanto de los bebés? ¡Danos tus ideas y podemos seguir descubriendo juntas más reglas de oro para una crianza feliz!

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